La ópera que puso a Verdi en el mapa

Después del gran fracaso de Un Giorno di Regno, estrenada en 1840 en el Teatro alla Scala de Milán, aunado a la gran depresión de Verdi por haber perdido a toda su familia en menos de dos meses (primero sus hijos y después su esposa Margarita Barezzi), Giuseppe Verdi había jurado nunca más componer música en su vida.

Producto de la casualidad o simple azar, en un día de invierno Verdi se topó con Bartolomeo Merelli, empresario de La Scala y buen amigo suyo, mismo que anteriormente le había encargado Oberto y Un Giorno di Regno.  Merelli le mostró el libreto para Nabucco de la autoria de Temistocle Solera (que a su vez se había basado en el Antiguo Testamento de La Biblia y el drama Nabuchodonosor de  Francis Cornue y Anicète Bourgeois) que había sido rechazado por Otto Nicolai al no ser de su gusto. Fue Merelli quien insistió que lo leyera, pese a la negación de Verdi, terminó aceptando. Sería conveniente que el mismo Giuseppe nos narrara en sus palabras lo que sucedió después:

“De camino sentí una especie de desazón inexplicable, una tristeza intensa, un dolor que casi me hacía estallar el corazón. Una vez que llegué a casa, lancé el manuscrito a la mesa con un movimiento brusco y me quedé ahí, delante de él, hundido en pensamientos. Al chocar con la mesa, el libro se había abierto; mis ojos fueron a parar, no sé bien cómo, a una página abierta ante mí. Y leí “Va, pensiero sull’ali dorate(…)”. Sobrevolé también los siguientes versos y me quedé impresionado, sobre todo al comprobar que éstos procedían casi literalmente de la Biblia, libro que siempre leía gustoso. Leo un párrafo, leo dos. Pero entonces, con el renovado propósito de no componer más, cierro el texto y me voy a la cama. ¡Pero Nabucco no para de darme vueltas en la cabeza! El sueño no quiere acudir, me levanto, leo el libreto, no sólo una vez, sino, dos, tres, muchas veces; a la mañana siguiente puedo decir que me lo sé de memoria”.

Pero ni el entusiasmo que había generado el libreto en Verdi logró hacer que este desistiera de la reticencia a componer nuevamente. Visitó de nueva cuenta en Merelli para devolverle el libreto, sin embargo el empresario se lo regresó para que lo pensara mejor y lo envió a casa. De nuevo Verdi  regresa y le arroja sobre la mesa, volviéndose a abrir de nueva cuenta en la misma página. “Va, pensiero sull’ dorate”. Una luz brilló sobre la cabeza del compositor, tomó el libreto y se dirigió a su piano para empezar a componer.

Después de un proceso de creación arduo, en donde fue necesario de Temistocle Solera realizara modificaciones a su libreto en pro de mantener la línea de acción, Verdi llevó la partitura terminada a Merelli. El empresario aceptó estrenar la obra pero hasta la temporada siguiente, debido a que ya estaba completo el cártel para la temporada que estaba por iniciar y la falta de fondos para crear decorados y vestuario. Pudo más la testarudez de Verdi, logrando que la obra se estrenara el 9 de marzo de 1842 en el Teatro alla Scala de Milán. El reparto, repleto de estrellas del canto de esos tiempos:

Nabucco – Giorgio Ronconi
Abigaille – Giuseppina Strepponi
Fenena – Giovannina Bellizaghi
Ismaele – Corrado Miraglia
Zaccaria – Prosper Dérivis
Anna – Teresa Ruggeri

Siguiendo su propia costumbre, el compositor se colocó entre la orquesta, al lado del primer violonchelo y el primer contrabajo. Antes de terminar el primer acto, el público emocionado pedía la presencia del compositor. Verdi creía que esto era el preludio a las rechiflas del respetable, sin embargo sus temores eran infundados, pues el público le aplaudió y al término del inspirador coro patriota “Va, pensiero(o el coro de los esclavos hebreos) recibió la aclamación popular.

Fue así como inició para él el llamado período de “galeras”, componiendo más de 17 óperas en 12 años. Rápidamente el Nabucco se representó en otras ciudades italianas y se exportó a otras latitudes extranjeras, estrenándose en México el 23 de noviembre de 1856, en el Gran Teatro Nacional.

Si el Nabucco de Verdi se volvió un éxito gracias a su melodía, fue también debido a la situación político-social que prevalecía en la Italia del novecento. Su inspirada música pronto adquirió tintes patrióticos, especialmente el llamado “coro de los esclavos hebreos”, cuyo texto propició una analogía entre el oprimido pueblo hebreo y el dividido y también oprimido pueblo italiano. En aquel entonces, no era la Italia unificada que conocemos hoy en día, sino que era un territorio ocupad por extranjeros, principalmente Austria y Francia. No sería hasta después de 1860 cuando al fin Italia se unificaría.

También Nabucco supone la estrecha relación de Verdi con la tesitura del barítono. Sería Nabucco el primer papel importante que crearía para la voz de barítono, representando un gobernante ávido de poder y cuyo amor paternal queda patente en la escena de locura del tercer acto. A este rol seguirían otros en otras óperas, como Alfredo Germont de La Traviata, Rigoletto, Simon Boccanegra, Amonasro de Aìda, etc. Grandes cantantes han dado voz a este rol, como Piero Cappuccilli, Cornell McNeil, Renato Bruson, Juan Pons, Leo Nucci, etc.

A pesar de que es Nabucco el protagonista de esta historia, resulta imposible ignorar la importancia de Abigaille. En este papel se reúnen una serie de sentimientos tan humanos a la vez de contradictorios como el amor, el odio, complejo de inferioridad y el ansia de poder. Un papel endemoniadamente difícil tanto en lo vocal como en lo dramático, que requiere un amplio registro, con graves poderosos y agudos fáciles. Un papel “rompevoces” diría yo, ya que ha destruido las voces de algunas cuantas que por no tener la técnica adecuada o la voz suficiente, las ha hecho retirarse antes de tiempo como Elena Souliotis. Otras de plano jamás lo intentaron como Joan Sutherland. Han sido algunas las que han sido prudentes y lo cantaron poco como Maria Callas. Y sólo unas cuantas han logrado bordarlo de gran manera, como Ghena Dimitrova.

Resulta difícil creer en las crónicas de esos tiempos que Giuseppina Strepponi, encargada de cantar Abigaille por primera vez, ya estuviera en el declive de su carrera. Cuatro años después del estreno de Nabucco (1846), se retiró de los escenarios para impartir clases de canto en Paris. Fue en ese mismo año en que esta primadonna retirada y Verdi en pleno ascenso iniciaron una relación sentimental que duraría hasta 1897, año en que moriría la cantante. Verdi solo le sobrevivió cuatro años más.

Mi historia con Nabucco comenzó hace aproximadamente dos años, cuando me prestaron un DVD de una grabación filmada en el escenario de la MET Opera con Juan Pons, Maria Guleghina (seguramente saben de cual grabación les estoy hablando). Posteriormente pude hacerme de una grabación también en video de una producción en la Arena di Verona con Leo Nucci y de nueva cuenta Guleghina. No es que sea una de mis óperas preferidas o más escuchadas, lo cierto es que cuando la escucho siempre lo hago con gusto y me deja un buen sabor de boca. Además de dejarme “traumado” con la melodía de la obertura y la cabaletta de Abigaille “Salgo già del trono aurato”.

Habrá que esperar a ver qué sucede este próximo domingo en el escenario de Bellas Artes. Desde ahorita, me siento entusiasmado.

Published in: on junio 4, 2012 at 6:49 pm  Dejar un comentario  

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